La niebla es el mundo de las travesuras



-"No tengas miedo, sólo es niebla...". La voz de un hombre le susurró al oído.

-"Pero tengo miedo, la niebla no me deja ver y no sé que es lo que me espera". Contestó ella mirando a su alrededor, sin saber de donde procedía aquella voz.

-"La niebla te llevará a un mundo de fantasías, un mundo de deseos, un mundo de placeres...sólo has de dejarte llevar". Esta vez era la voz de una mujer la que le susurraba al oído.

-"Y ¿qué debo hacer?". Contestó ella, mientras la niebla la envolvía y la aislaba cada vez más del mundo real.

-"Sólo has de disfrutar de lo que te ofrecemos y liberar tu mente para que viajes entre la niebla"

Eso es lo que te proponemos en este Blog, que liberes tu mente y te dejes llevar por nuestros relatos, en ellos encontrarás algunas de tus fantasías, despertarás tus deseos y descubrirás una nueva forma de placer.
Bienvenido a un mundo de fantasías, donde podrás imaginar que eres tú el protagonista, después de esto sólo podemos desearte que lo disfrutes...

jueves, 16 de agosto de 2007

La nieve

Dulce y delicada Dafne:

¡Qué equivocado estaba! Pensaba que sólo yo mantenía vivos aquellos recuerdos, que siempre me han acompañado como una cálida luz hasta en las más oscuras y frías noches. No puedo evitar escribirte estas líneas con manos temblorosas por las emociones que se vuelven a agolpar en mi interior.

No quiero engañarte sobre lo que he encontrado tras las cordilleras del Este. El Sol lo domina todo, golpeando sin piedad tierras, animales y gentes. No distingue ya amigos de enemigos, pues sólo el rencor guía sus actos. Incluso las noches se ahogan bajo su cálido manto, que no descansa, que abrasa incluso las brisas de la madrugada, tan frescas antaño, pero que ahora sólo arrastran polvo y hojas secas, agostadas por el Sol.

No es fácil encontrar respuestas. Todos tienen miedo de hablar y hasta de acercarse a un guardián. La niebla se ha convertido casi en palabra prohibida, que sólo algunos viejos susurran a escondidas o se adivina en los cuentos con que las nodrizas calman el llanto de los niños, recordando en ellos tiempos mejores. Pero continúo mi búsqueda. He oído que aún quedan algunos leales al rey y a la Niebla. Se reúnen en el sacro bosque de los monstruos, en las ruinas de Bomarzo. El miedo y la superstición los mantienen allí a salvo de las miradas y los agudos oídos de curiosos y espías. Allí me dirigiré, aunque espero no llegar demasiado tarde.


No he podido evitar una sonrisa cuando vi que me pedías que te hablara de la nieve. ¡Hace tanto que no la veo! ¡Tanto que no siento su suave caricia helada…! La primera vez que vi la nieve fue una noche en que, aún muy niño, Bosque, el guardián del oeste, me despertó y me dijo que lo siguiera. Estaba dormido y no entendía nada, pero lo hice sin preguntar. Ya había aprendido que Bosque no acostumbraba a dar explicaciones de sus decisiones ni de sus órdenes. Pero era justo y bueno. Taciturno, riguroso y austero, pero de una profunda ternura. No era mi padre, pero no recuerdo a nadie antes de él. Me recogió y me cuidó sin pedirme cuentas, igual que él no las rendía nunca ante nadie. Era así y yo lo quería.

Tuve que correr para alcanzarlo, porque ya había salido al camino, envuelto en su manto verde. Siempre me fascinó aquel manto, que ahora parecía casi negro a la temblorosa luz de la antorcha que nos alumbraba, pero que otras veces resultaba de un verde vivo e intenso como las hojas de los árboles o claro y suave como la hierba. Caminamos mucho tiempo y más lejos de lo que yo nunca había ido. El paisaje cambiaba, la vegetación escaseaba y se intuían rocas dispersas, aquí y allá, sombras cada vez más numerosas y de mayor tamaño. La niebla iba bajando y el frío comenzaba a penetrar bajo las ropas. Al salir de lo que yo creí que era una gruta pero que resultó un interminable laberinto de corredores bajo una montaña se presentó ante mis ojos algo asombroso: el suelo estaba cubierto de un manto blanco, uniforme. Me asusté y me quedé parado, sin atreverme a avanzar ni a pisarlo siquiera. Bosque esbozó una sonrisa y aceleró el paso. Tuve que seguirlo. El suelo parecía hundirse bajo mis pies, pero a la vez era una sensación muy agradable, como si flotaras.

Al llegar a aquella ciudad no deseaba más que nos detuviéramos para preguntarle a Bosque qué era aquello. Iba a hacerlo, cuando con un gesto y me ordenó silencio. Salimos de la avenida principal y atravesamos calles cada vez más angostas y oscuras. De repente nos detuvimos. Esperamos un rato, callados e inmóviles, hasta que en la entrada del callejón se recortaron dos figuras, un hombre y me pareció que la de otro niño. Las sombras se acercaban y comenzaban a definirse, primero sus contornos y después sus rasgos. Yo seguía esperando la ocasión para preguntarle a Bosque, así que no presté mucha atención.

Pero entonces Bosque se inclinó y me susurró al oído quiénes eran. Viento, el sabio guardián del este y…aunque no me hubiera dicho su nombre y quién era, sólo con verla cualquier otro pensamiento se hubiera borrado de mi cabeza. Tenía más o menos mi edad, el cabello oscuro, sedoso, le llegaba casi por los hombros. La cara era redondeada, de facciones suaves pero bien definidas, demostrando un carácter firme pese a ser una niña. Claro que esto son cosas que pienso ahora, lo que me cautivó en aquel momento fueron sus ojos, grandes, vivos, profundos como dicen que lo son los lagos más allá del bosque. No hubiera apartado la vista de ella por nada del mundo y sentí un escalofrío y la garganta y los labios resecos cuando Bosque me dijo: “Ve con Dafne, a partir de ahora habréis de veros a menudo”. No me atreví a hablarle y tan solo pude articular una tímida sonrisa. En el camino de vuelta, sólo era capaz de pensar, hablar y soñar con ella. No entendía la seriedad con la que Bosque me hablaba siempre de los dos, eso sólo vino con el tiempo. En aquel entonces sólo veía que era algo maravilloso. Ya no me acordé de la nieve, aunque no olvido que ella me llevó hasta Dafne, hasta ti…

Aunque sabes bien que su cara no es siempre amable, y puede ser un enemigo terrible y despiadado, atraparte en un gélido abrazo del que pocos escapan con vida. Entonces los delicados dedos con que antes rozaba tu piel se convierten en afiladas garras y las caricias en puñales que se te clavan tan dentro que ya nunca salen del todo. Nunca del todo. A veces llegas a creer que sí, pero antes o después vuelves a notar en el corazón una punzada que te recuerda que sigue allí. Y ahora que la esperanza parece desvanecerse y alejarse sin remedio de nuestro reino, de ti y de mí, la he sentido de nuevo. En realidad es poco lo que recuerdo, son más bien sensaciones, retazos de imágenes, incompletas y confusas. Bosque no debería haber muerto. No tan pronto. No así. Sé que tú también perdiste a Viento. Pero al menos pudo luchar, no fue asesinado a traición en un camino y abandonado después a las aves de rapiña. A pesar de todo, ahora creo que algo sabía, que por eso no me dejó acompañarlo aquella vez.

No sé, son cosas que no he contado a nadie. Ni siquiera a ti, hasta ahora. Estuve a punto de morir en la nieve, después de haber buscado a Bosque y de tener que esconderme de quienes lo habían matado. Sólo el recuerdo de aquella niña inquieta y de mirada dulce y soñadora me mantuvo vivo. Eso y el imaginar cómo sería estrecharla entre mis brazos, acariciar su pelo, besarla –besarte-…Pero como tú has dicho, no hay tiempo para ensoñaciones ahora, aunque sienta mi corazón acelerarse solo con pensar en esa piel, cálida y suave bajo mis dedos…
Soy yo ahora el que se queda esperando noticias tuyas….y tu relato sobre la plaza, y sus bancos de piedra.

Tras las montañas del este, bajo la sombra del Coliseo,

Greyjoy