jueves, 27 de diciembre de 2007
De Greyjoy a Dafne...
Espero que este largo silencio por mi parte no te haya preocupado…o que te haya hecho dudar de mí, aunque haya sido solo por un momento. Desearía haberte podido contestar antes…y, sobre todo, poder decirte palabras tranquilizadoras. Pero no es así. Ni siquiera puedo decir que lo que me has contado en tu carta me haya encontrado desprevenido.
Yo también la he visto, Dafne. También a mí me ha visitado. Fue hace apenas unos días, al atardecer, cuando volvía con Argos de recorrer las tierras que se extienden más allá del lago helado. Era ya de noche, y en el sendero que bajaba hasta el pueblo no se veía un alma. Nadie se atreve ya a estar fuera de sus casas a esas horas. No es seguro. Argos correteaba delante de mí, atravesando el camino de lado a lado, ahuyentando a algunos animales rezagados, que desaparecían en la oscuridad del bosque.
La temperatura era cada vez más baja, más incluso de lo habitual en invierno. El frío atravesaba mi grueso manto de viaje, así que apreté el paso. Pero antes de que pudiera llegar a la curva junto al viejo cedro, donde se abre un nuevo camino que lleva hasta mi cabaña, algo extraño pasó. Argos se había quedado clavado en el suelo, la cabeza erguida, olfateando en el aire, inquieto. Después empezó a ladrar y volvió corriendo hacia mí, pegándose a mis piernas. Pude notar que temblaba. Despacio, caminé hasta el tronco del árbol, desde donde se podían ver, a la derecha, las casas del pueblo, muy pegadas unas a otras, silenciosas, dejando escapar apenas la luz y el humo de las hogueras que ardían dentro. A la izquierda, la sombría forma de mi cabaña. Pero esta vez había algo más. Alguien aguardaba junto a la puerta, sentado en uno de los bancos de piedra que la flanqueaban y envuelto por completo en un oscuro manto que le cubría incluso la cabeza.
Al instante supe quién era, pero aún así bajé. Argos no quería avanzar y, solo después de verme iniciar la marcha, comenzó a seguirme a cierta distancia, con las orejas gachas y el morro pegado al suelo.
- “Greyjoy, te esperaba”, dijo la figura del manto. Era una voz de mujer, suave y melodiosa. Sin embargo, al mismo tiempo tenía algo desagradable, un leve susurro metálico que se deslizaba en cada sílaba, apenas perceptible, como las espinas bajo los pétalos de la rosa. No pude evitar un estremecimiento.
- “Supongo que no has venido a por mí, porque no tienes por costumbre presentarte así”, le dije, tratando de serenarme.
Con un movimiento pausado la figura descubrió su rostro, dejando caer la capucha hacia atrás. Era una mujer, ciertamente, pero de una edad indefinible, de rasgos finos, aunque no exactamente hermosos. Las líneas de su rostro era perfectas, los ojos, de un azul profundo, el cabello largo, oscuro, esparciéndose en suaves ondas sobre sus hombros. Pero al igual que sucedía con su voz, detrás de su apariencia se escondía algo. No sé cómo explicarlo, pero era de una belleza cruel. Ella percibió mi confusión y casi como si hubiera podido leer mis pensamientos volvió a dirigirse a mí.
- “¿Qué sucede Greyjoy? Veo que sabes quien soy…pero parece que te sorprende mi aspecto. ¿Acaso esperabas un esqueleto…o una vieja descarnada con una guadaña?”, dijo, y se rió. Su risa era aún más fría y metálica que su voz. “Pero no te preocupes, porque no vengo a llevarte…ni siquiera a tentarte, si eso es lo que temes. Sé de sobra quién ocupa tus pensamientos…nuestros caminos se ah cruzado hace no demasiado”.
El miedo y la desesperación que se dibujaron en mi rostro en ese momento parecieron divertirla, pero antes de que pudiera decir nada continuó.
- “No…no debes preocuparte por ella…todavía. Solo he ido a avisarla, como a ti. Aunque te resulte difícil creerlo, os aprecio, Greyjoy, a ti y a Dafne. Sé bien todo lo que habeis tenido que pasar estos años…y por eso he venido. Es hora de abandonar, Greyjoy. Olvida la niebla, olvida que eres un guardián. Ya no hay nada que puedas hacer.”. Negué con la cabeza y ella siguió hablando. “Todo lo que has defendido se acabó, forma parte del pasado, de mí… ¿Por qué insistes en aferrarte a vanas esperanzas? ¿Por qué no piensas, por una vez, en ti? O mejor… ¿por qué no piensas, por una vez, en Dafne? No renuncies por más tiempo a ella…a lo que podríais vivir juntos…puedo garantizarte una larga vida, Greyjoy, piénsalo…”
- “Basta”, la interrumpí, “no intentes convencerme. La vida de los guardianes no es fácil…pero no tenemos elección, ni siquiera nos lo planteamos. Es nuestro deber y con eso es suficiente. Así nos lo enseñaron y así seguirá siendo, ahora y después de nosotros”.
Sin perder la sonrisa, se acercó un par de pasos y colocó su mano sobre mi hombro. Al instante un frío terrible me recorrió todo el cuerpo, deslizándose entre mis huesos. Tuve que hacer un esfuerzo para no echarme atrás. “Digno guardián, Greyjoy. Pero ya has demostrado bastante. No le debes nada a nadie…Piensa en los que quedan a tu lado. Solo tienes a Dafne. ¿Estás dispuesto a perderla por ese empeño estúpido en una causa ya perdida? Además…. ¿estás seguro de que ella te seguirá siempre?”
-“Sin dudarlo”, le respondí.
-“Pues estás muy equivocado…Greyjoy, ella ya se ha rendido. Ha comprendido lo que tú te niegas a ver y te ha elegido a ti”, dijo ella, colocándose a mi espalda sin apartar de mi su mano, que empezaba a sentir como una pesada losa que hacía temblar mis rodillas.
-“No…no es posible. Ella jamás haría algo así”, me opuse, algo titubeante. Me sentía cada vez más cansado. “No te atrevas a volver a visitarla…no lo hagas o…”
-“O que…Mi pequeño Greyjoy, eres patético”, me dijo, con un susurro gélido, pegando su boca a mi oido. “No podrías ni soñar con hacerme nada…deberías estar agradecido por esta visita de cortesía que te hago. Hazme caso, Greyjoy…es mejor abandonar ahora…”.
Mis ojos se cerraron. Sabía que era imposible, pero ahora me parecía que era tu voz la que me hablaba. “¿Por qué no quieres que estemos juntos? Te añoro….te necesito…necesito tus besos, tus caricias”. Sus palabras se deslizaban dentro de mí, y al mismo tiempo sus manos recorrían mi cuello y se abrían camino bajo el manto, por mis hombros, mi pecho… “ven conmigo ahora…dejemos todo esto…”. Ahora sentía su respiración en mi rostro, muy cerca. En el fondo de mí sabía que no eras tú…pero tenía los ojos como sellados…y era tu voz la que hablaba…tus manos las que me empujaban dentro, las que me despojaban del manto y lo hacían caer a mis pies…tu cuerpo el que se pegaba al mío, anhelante…tu boca la que besaba mi cuello, lo mordía, buscando volverme loco…haciendo que mis manos te buscaran, recorrieran tu figura, el suave contorno de tus pechos, tu cintura, tus caderas… “Greyjoy…te deseo…hazme tuya…”, decías, mientras tus manos bajaban por mi vientre, aumentando mi excitación, tomando con una de ellas la mía y llevándola entre tus muslos…Tus besos me enardecieron aún más…cuando empezaron a bajar por mi garganta, mi pecho, mi estomago…
- “No…no…Dafne”, intenté articular…
- “Olvida a Dafne”, dijo, cambiando súbitamente el tono de voz. “Entrégate a mí y vive para siempre…”
Oir tu nombre consiguió despertarme y pude reaccionar. La aparté de mí y la arrojé al suelo. Se levantó como una fiera rabiosa. Me sentía liberado, fuerte, tu recuerdo había prendido en mí como una llama. “Márchate, miserable”, exclamé. “No vuelvas a intentar tus engaños conmigo. A muchos héroes has confundido desde la noche de los tiempos…y todos han terminado por arrepentirse. ¿O no clamaba Aquiles por ser esclavo en la tierra antes que rey en los infiernos? El cayó en tus redes…le prometiste la fama, y cumpliste, pero no le advertiste de lo que perdía. Tu amor es frío y oscuro y solo causa dolor y angustia. Aléjate…y no vuelvas hasta que no sea tu deber.”
-“Eres un estúpido, Greyjoy. Has desperdiciado tu última oportunidad…La próxima vez que nos veamos no te podrás negar a acompañarme…Dafne no se ha rendido, es cierto, pero no tardará. Piensa bien lo que te dicho…y recuerda, la niebla ya no existe…pregunta en el pueblo…a pocos encontrarás que la recuerden…es cuestión de tiempo”. Dicho esto, recogió su manto y salió.
Argos estaba escondido bajo la mesa. Yo me apoyé en ella, consciente de lo que había estado a punto de ocurrir y pensando en todo lo que me había dicho. Seguí haciéndolo toda la noche. Desde entonces no he podido dormir apenas. No por temor a ella, pues sé que cumplirá su palabra, sino por miedo a equivocarme. Dafne, ¿crees que puede tener razón? Estoy realmente asustado…a la mañana siguiente, de camino al pueblo, encontré a unos chiquillos jugando junto al arroyo. Les pregunté por la niebla…y me miraron extrañados. No sabían de que les hablaba. Solo al final uno me dijo que creía haberle oido a su abuela contar historias sobre ella alrededor del fuego, las noches de tormenta. “Pero es muy vieja, señor…y no sabe lo que dice”, dijo, riendo despreocupado.
Solo tú entiendes lo que siento en este preciso instante y por eso es a ti a quien se lo confío. Me siento muy solo…y te necesito más que nunca. En momentos así, temo dejarme llevar y hundirme. No quiero estar perdiendo el tiempo, estar perdiéndote a ti. No dudo de nuestro cometido, de los deberes que nos atan, no me entiendas mal, pero creo que es preciso que nos veamos. Estoy pensando muy seriamente en viajar hacia el este para verte. Quizás te parezca una locura…si es así dímelo, pero confío en que tus deseos caminen junto a los míos.
Se acaba el año…por eso quiero que me hables de su última noche…
Mientras espero tus líneas…te mando un beso dulce y cálido
Greyjoy
lunes, 1 de octubre de 2007
La plaza y sus bancos
Tu última carta ha sido un soplo de aire fresco para mí, necesitaba oír esa historia y sabe que en esto estamos los dos juntos, aunque nunca lo he dudado, pero últimamente las cosas por el Este se están complicando, y me ayuda de sobremanera saber que tú estás ahí, aunque sea en la lejanía del Oeste. En esta carta te envío el relato que me pediste sobre la plaza y los bancos, pero también te envío noticias sobre cual es mi situación, ya que lo que te narraré ha pasado hace apenas unos días… No quiero alarmarte, ni que te preocupes por mí, pero esto lo debes saber, porque puede que nuestras vidas estén en peligro…
Todo sucedió hace cinco días, la noche comenzó a caer en el Este, aún cálida, como es costumbre a finales de esta estación del año. Al igual que las estaciones, los guardianes también somos personas de costumbres, como bien sabes, así que me decidí a salir a pasear y disfrutar del relente que cae en la noche, de los ruidos que a todos asustan y de la oscuridad que todo lo envuelve.
Conoces bien donde vivo, y sabes que más allá de la plaza se encuentra un inmenso bosque, un lugar donde las gentes en la noche no se atreven a adentrarse, pero que para mi es como un libro abierto, no tiene secretos. Me adentré y comencé a caminar, a un ritmo pausado, respirando profundamente, sintiendo como el aire fresco invadía mi pecho hasta llegar a mis pulmones, esa sensación de plenitud siempre me ha gustado. El recorrido transcurrió hasta llegar al manantial de las aguas en calma, donde dicen que las hadas acuden a nadar, lo cierto es que yo nunca he visto ninguna, aunque todo puede ser, y más en el reino de la Niebla…
Me acerqué tímidamente al agua, me descalcé y dejé que mis pies se hundieran en ella, estaba fresca, pero era un frescor gratificante, así que incliné mi cuerpo y dejé que mis manos se hundieran y formaran un cuenco para recoger agua que llevé hasta mi cara… noté el frescor sobre mis mejillas y como bajaba por mi cuello hasta perderse por mi pecho, recordé que hacía años que no me sumergía en aquel manantial. Observé a mi alrededor y no vi más que naturaleza, así que me deshice de la poca ropa que me acompañaba y me sumergí en las calmadas aguas, las noté en cada rincón de mi cuerpo, y vinieron a mi mente los recuerdos de cuando aún era una niña y mis baños nocturnos en las noches de verano no eran solitarios, sino que estaba acompañada por aquel niño que hace años dejaste atrás… ¿lo recuerdas?, a mi por un momento me pareció verte diciéndome que cuando fueras mi marido viviríamos cerca del manantial y que todas las noches iríamos a bañarnos juntos, yo recelosa te decía siempre que el lago en inviernos se helaba y tú me respondías que lo deshelarías para mi.
La nostalgia y la tristeza, no por aquellos tiempos, sino por los que nunca llegaron, me invadió. Desolada salí del agua, me senté apoyada en un árbol a la espera de que mi cuerpo se secara, cerré los ojos con intención de descansar un momento, pero Morfeo vino a visitarme y me sumió en un profundo sueño, no me preguntes si soñé o no, porque no lo recuerdo, no me preguntes cuanto dormí porque no lo sé, sólo sé que al abrir mis ojos todo estaba rodeado por una niebla espesa que casi no me permitía ver que había a mi alrededor. Busque mi ropa y me la puse precipitadamente, mientras una extraña sensación comenzaba a invadir todo mi cuerpo, los nervios se empezaban a acumular en mi estómago, pero no sabía porque…
Intenté calmarme y empecé a caminar tranquilamente, respirando profundamente a cada paso y sin dejar de pensar que no pasaba nada, que la niebla era parte de mi…sin embargo a cada paso que daba mis pensamientos me traicionaban, esa niebla tan espesa, cargada de humedad, parecía querer atraparme…nunca la había visto de esa forma…que estaba pasando…sin darme cuenta estaba caminando cada vez más rápidamente, casi corriendo, me sentía desorientada, no estaba segura de donde me encontraba.
El miedo comenzaba a invadirme cuando vi algo que brillaba en la lejanía, por fín… ahí estaba el final del bosque y lo que brillaba sin duda era el fanal que estaba en el centro de la plaza, corrí como alma que lleva el diablo y al llegar a la altura del primer banco de piedra de la plaza paré en seco, apoyé mi mano sobre el respaldo y respiré profundamente para intentar calmarme. Miré hacia la luz y sentí que me encontraba a salvo. Una sonrisa nerviosa invadió mis labios y por un momento me sentí ridícula, pensando en lo nerviosa que me había puesto.
Volvía a retomar la marcha, pero al tercer pasó volví a notar la sensación de que algo quería atraparme, que algo me atraía nuevamente hacia el bosque y la niebla, dudé por un momento entre si quedarme o echar a correr para protegerme entre los gruesos muros de piedra de mi casa, finalmente decidí huir. Sin embargo, no sé porque, mi cuerpo me traicionó y giré en dirección al bosque y caminé nuevamente hasta el banco, temblorosa mi mirada se concentraba en la niebla que surgía de entre los árboles y que en breve me rodearía, la veía aproximarse y mi cuerpo era incapaz de reaccionar, estaba paralizada por el miedo, necesitaba sentirme unida a algo y lo único que tenía cerca era el banco, así que apoyé mi mano en la fría piedra.
La niebla comenzó a rodearme y mi visión a reducirse, cerré los ojos y pedí a los dioses que me dieran valor para abrir los ojos y me ayudaran a regresar a casa a salvo… levanté la mano del frío banco, aún con los ojos cerrados, pero algo que se apoyó calidamente sobre ella me lo impidió…cerré aún más los ojos, hasta casi dolerme… sólo pensaba, como piensan los niños, que si no veía no me podía pasar nada. Y entonces lo oí:
“Abre los ojos, o a caso me tienes miedo”, esa voz… la conocía… era tu voz… ¿cómo podía ser?... ¿qué estaba pasando?... el miedo me estaba jugando una mala pasada, tu estabas en las tierras de más allá del este, no podía ser cierto...“Dafne…soy yo…ábrelos…”, un susurro en mi oído… un escalofrío invadió mi cuerpo… y la calidez que sentí en mi mano comenzó a subir por mi brazo hasta llegar a mi cuello y después a mi cara…“Vamos ábrelos…confía en mi…”. Mis ojos empezaron lentamente a abrirse, temerosos de lo pudieran ver, entonces empecé a enfocar, primero un bulto, luego unos rasgos, luego tú…Greyjoy eras tú… mis brazos se precipitaron a rodear tu cuello y note el calor de tú cuerpo junto al mío, los latidos de tú corazón y tu respiración sobre mi oido…
“¿Cuándo has llegado? ¿Por qué no me has avisado? ¿Está bien? Pensé que esto no pasaría nunca…” no podía dejar de hablar mientras seguía unida a tu cuerpo, entonces tus manos sujetaron mi cintura y me separaron de tú cuerpo, me miraste fijamente a los ojos y me besaste, fue un beso frió, sin pasión, nunca me habías besado así, no podías ser tú…”¿Qué pasa?”, pregunté precipitadamente.
“El reino no puede sobrevivir, acaso no lo entiendes… no sé porque luchas… la niebla no sólo le pertenece a los guardianes, deberías saber que de ella también viven los Seres, y ellos me sirven a mi…”. Quité tus manos rápidamente de mi cintura y di un paso atrás con intención de huir, pero tú mano fue más rápida y me sujetó el brazo izquierdo, y entonces tu rostro se desvaneció y apareció el de ella… la vieja dama, la muerte…
“Niña no te asustes el beso de la muerte les llega a todos… antes o después…”, me sonrió irónicamente, “Sólo es un beso… un aviso… que el fin llegue antes o después no depende sólo de mí… olvida todo lo que has vivido hasta el momento y abandona la niebla, o ese será tu fin… no entiendas esto como una amenaza porque es sólo un consejo… en fin niña espero que el beso me lo devuelvas más tarde que pronto, aunque eso no depende de mi…sino de ti, recuérdalo niña…”. Su mano se desprendió de mi brazo y junto a la niebla volvió paso a paso hasta perderse en la espesura del bosque mientras yo la observaba.
Con el corazón queriendo salirse de mi pecho me giré y vi nuevamente el fanal encendido en medio de la plaza, me acerqué hasta el y miré a mi alrededor, la niebla había desaparecido por completo y dejaba a la vista la antigua plaza, iluminada tenuemente, con sus viejos bancos de piedra y la fuente donde antiguamente se iba a por el agua, se veía hermosa… sin embargo a partir de ahora no podría regresar a ella sin pensar en aquel beso…
Greyjoy no se que pensar de todo esto, necesito tu consejo, te necesito a ti, estoy llena de dudas…¿Tiene sentido nuestra lucha?, sólo quedamos tú y yo, ¿somos suficientes?, no se si debo decir esto, pero a lo mejor la vieja dama tiene razón, a lo mejor deberíamos olvidarnos de todo y vivir…no sé si digo esto por miedo a la muerte o porque realmente lo pienso, ayúdame, por favor… Tú eres más sabio que yo, así que te pido que me hables de ella, de la muerte…espero que puedas decirme todo lo que sepas y me ayudes a calmarme porque desde que pasó esto el sueño viene y se va…he rezado a los dioses pero no responde a mis ruegos…respóndeme tú…
Tu querida Dafne te envía desde las tierras del este un dulce beso y se despide deseando que este escrito te llegue lo antes posible.
jueves, 16 de agosto de 2007
La nieve
¡Qué equivocado estaba! Pensaba que sólo yo mantenía vivos aquellos recuerdos, que siempre me han acompañado como una cálida luz hasta en las más oscuras y frías noches. No puedo evitar escribirte estas líneas con manos temblorosas por las emociones que se vuelven a agolpar en mi interior.
No quiero engañarte sobre lo que he encontrado tras las cordilleras del Este. El Sol lo domina todo, golpeando sin piedad tierras, animales y gentes. No distingue ya amigos de enemigos, pues sólo el rencor guía sus actos. Incluso las noches se ahogan bajo su cálido manto, que no descansa, que abrasa incluso las brisas de la madrugada, tan frescas antaño, pero que ahora sólo arrastran polvo y hojas secas, agostadas por el Sol.
No es fácil encontrar respuestas. Todos tienen miedo de hablar y hasta de acercarse a un guardián. La niebla se ha convertido casi en palabra prohibida, que sólo algunos viejos susurran a escondidas o se adivina en los cuentos con que las nodrizas calman el llanto de los niños, recordando en ellos tiempos mejores. Pero continúo mi búsqueda. He oído que aún quedan algunos leales al rey y a la Niebla. Se reúnen en el sacro bosque de los monstruos, en las ruinas de Bomarzo. El miedo y la superstición los mantienen allí a salvo de las miradas y los agudos oídos de curiosos y espías. Allí me dirigiré, aunque espero no llegar demasiado tarde.
No he podido evitar una sonrisa cuando vi que me pedías que te hablara de la nieve. ¡Hace tanto que no la veo! ¡Tanto que no siento su suave caricia helada…! La primera vez que vi la nieve fue una noche en que, aún muy niño, Bosque, el guardián del oeste, me despertó y me dijo que lo siguiera. Estaba dormido y no entendía nada, pero lo hice sin preguntar. Ya había aprendido que Bosque no acostumbraba a dar explicaciones de sus decisiones ni de sus órdenes. Pero era justo y bueno. Taciturno, riguroso y austero, pero de una profunda ternura. No era mi padre, pero no recuerdo a nadie antes de él. Me recogió y me cuidó sin pedirme cuentas, igual que él no las rendía nunca ante nadie. Era así y yo lo quería.
Tuve que correr para alcanzarlo, porque ya había salido al camino, envuelto en su manto verde. Siempre me fascinó aquel manto, que ahora parecía casi negro a la temblorosa luz de la antorcha que nos alumbraba, pero que otras veces resultaba de un verde vivo e intenso como las hojas de los árboles o claro y suave como la hierba. Caminamos mucho tiempo y más lejos de lo que yo nunca había ido. El paisaje cambiaba, la vegetación escaseaba y se intuían rocas dispersas, aquí y allá, sombras cada vez más numerosas y de mayor tamaño. La niebla iba bajando y el frío comenzaba a penetrar bajo las ropas. Al salir de lo que yo creí que era una gruta pero que resultó un interminable laberinto de corredores bajo una montaña se presentó ante mis ojos algo asombroso: el suelo estaba cubierto de un manto blanco, uniforme. Me asusté y me quedé parado, sin atreverme a avanzar ni a pisarlo siquiera. Bosque esbozó una sonrisa y aceleró el paso. Tuve que seguirlo. El suelo parecía hundirse bajo mis pies, pero a la vez era una sensación muy agradable, como si flotaras.
Al llegar a aquella ciudad no deseaba más que nos detuviéramos para preguntarle a Bosque qué era aquello. Iba a hacerlo, cuando con un gesto y me ordenó silencio. Salimos de la avenida principal y atravesamos calles cada vez más angostas y oscuras. De repente nos detuvimos. Esperamos un rato, callados e inmóviles, hasta que en la entrada del callejón se recortaron dos figuras, un hombre y me pareció que la de otro niño. Las sombras se acercaban y comenzaban a definirse, primero sus contornos y después sus rasgos. Yo seguía esperando la ocasión para preguntarle a Bosque, así que no presté mucha atención.
Pero entonces Bosque se inclinó y me susurró al oído quiénes eran. Viento, el sabio guardián del este y…aunque no me hubiera dicho su nombre y quién era, sólo con verla cualquier otro pensamiento se hubiera borrado de mi cabeza. Tenía más o menos mi edad, el cabello oscuro, sedoso, le llegaba casi por los hombros. La cara era redondeada, de facciones suaves pero bien definidas, demostrando un carácter firme pese a ser una niña. Claro que esto son cosas que pienso ahora, lo que me cautivó en aquel momento fueron sus ojos, grandes, vivos, profundos como dicen que lo son los lagos más allá del bosque. No hubiera apartado la vista de ella por nada del mundo y sentí un escalofrío y la garganta y los labios resecos cuando Bosque me dijo: “Ve con Dafne, a partir de ahora habréis de veros a menudo”. No me atreví a hablarle y tan solo pude articular una tímida sonrisa. En el camino de vuelta, sólo era capaz de pensar, hablar y soñar con ella. No entendía la seriedad con la que Bosque me hablaba siempre de los dos, eso sólo vino con el tiempo. En aquel entonces sólo veía que era algo maravilloso. Ya no me acordé de la nieve, aunque no olvido que ella me llevó hasta Dafne, hasta ti…
Aunque sabes bien que su cara no es siempre amable, y puede ser un enemigo terrible y despiadado, atraparte en un gélido abrazo del que pocos escapan con vida. Entonces los delicados dedos con que antes rozaba tu piel se convierten en afiladas garras y las caricias en puñales que se te clavan tan dentro que ya nunca salen del todo. Nunca del todo. A veces llegas a creer que sí, pero antes o después vuelves a notar en el corazón una punzada que te recuerda que sigue allí. Y ahora que la esperanza parece desvanecerse y alejarse sin remedio de nuestro reino, de ti y de mí, la he sentido de nuevo. En realidad es poco lo que recuerdo, son más bien sensaciones, retazos de imágenes, incompletas y confusas. Bosque no debería haber muerto. No tan pronto. No así. Sé que tú también perdiste a Viento. Pero al menos pudo luchar, no fue asesinado a traición en un camino y abandonado después a las aves de rapiña. A pesar de todo, ahora creo que algo sabía, que por eso no me dejó acompañarlo aquella vez.
No sé, son cosas que no he contado a nadie. Ni siquiera a ti, hasta ahora. Estuve a punto de morir en la nieve, después de haber buscado a Bosque y de tener que esconderme de quienes lo habían matado. Sólo el recuerdo de aquella niña inquieta y de mirada dulce y soñadora me mantuvo vivo. Eso y el imaginar cómo sería estrecharla entre mis brazos, acariciar su pelo, besarla –besarte-…Pero como tú has dicho, no hay tiempo para ensoñaciones ahora, aunque sienta mi corazón acelerarse solo con pensar en esa piel, cálida y suave bajo mis dedos…
Soy yo ahora el que se queda esperando noticias tuyas….y tu relato sobre la plaza, y sus bancos de piedra.
Tras las montañas del este, bajo la sombra del Coliseo,
Greyjoy
martes, 17 de julio de 2007
La noche en la ciudad
Tu relato me ha conmovido, no recordaba la historia de la triste Selene…los dioses se apiadaron de ella y espero que se apiaden de nosotros y de la Niebla.
La Noche en la Ciudad, que puedo decir sobre eso, es el territorio de los guardianes, cuando mostramos nuestro verdadero rostro, nuestros verdaderos sentimientos, cuando buscamos la niebla como se busca el agua en un desierto, desesperadamente… Pero no siempre fue así.
Hace años, ya demasiados años, los guardianes de la niebla no existían, el reino era dirigido por el Rey Niebla el cual tenía un pacto con la luna y el sol, ellos protegían el reino durante la noche y durante el día, regían las mareas del océano, hacían crecer los cultivos y en general daban la vida al reino. La gente los adoraba y adoraban al rey por ser capaz de mantener ese pacto con ellos.
Sin embargo, fue durante el gran incendio de la segunda era cuando todo cambió. Nadie ha conseguido saber que fue lo que pasó aquel día, ni siquiera si realmente fue fuego lo que nos invadió, ya que nadie lo vio, sólo se sabe que el humo lo cubrió todo. El cielo dejó de existir, la luz desapareció, el aire se enrareció y las gentes enloquecieron.
La oscuridad lo sumió todo, el Rey Niebla seguía con su labor de defensa, sin embargo los rumores comenzaron a viajar con él, se decía que la niebla se había transformado en humo y que el rey había pactado con la luna y traicionado al sol, y este, al ser deshonrado, lo había abandona a él y al pueblo… se le comenzó a mirar con recelo y las gentes dejaron la verdad a un lado y sólo creyeron en los falsos rumores.
La desconfianza lo invadía todo, y el rey fue abandonado por sus caballeros y por su pueblo, se vio obligado a huir a los bosques del Norte hasta el día en que el humo desapareció y el sol volvió a lucir. Pero para entonces la gente había cambiado, y los valores del reino se habían perdido. El rey sólo no podía luchar por su reino, y fue ahí donde nacieron los guardianes, de la petición desesperada de un rey a los dioses para poder mantener lo único que hacía que su reino sobreviviera, la niebla.
Dicen que los dioses crearon cuatro guardianes a partir de la nada, y que los dotaron del don de la palabra y con la maldición de la luna, por lo cual sólo podían vivir plenamente en la noche. Durante el día una falsa, durante la noche la verdad.
Desde entonces hasta ahora las noches en la ciudad se han convertido en algo mágico, donde los guardianes nos movemos a nuestras anchas y nos inspiramos para nuestros escritos.
Me retaste a escribir sobre la noche en la ciudad, te podría escribir miles de historias que han pasado cuando el sol se pone, muchas ajenas y muchas propias. Pero hay un momento que recuerdo especialmente, fue en un viaje al punto central, donde se cruzaban el norte, el sur, el este y el oeste, yo no debía de tener más de ocho años. Iba de la mano del guardián del este en esa época, Viento, al que me entregaron en mi tierna infancia y al que agradezco todo lo que he llegado a ser.
La noche era fría, muy fría, el único calor que notaba era el que trasmitía su mano en mi mano, caminábamos por las calles de la ciudad de forma precipitada hasta que llegamos a un callejón, en el había otro hombre con un niño. Viento me indicó que me sentara en el borde de la acera y esperara en silencio, el hombre desconocido se ve que hizo lo mismo porque el niño se sentó junto a mí y entonces el único calor que sentí fue el que transmitía su cuerpo junto al mío. Disimuladamente lo miraba, y él me miraba a mí, hasta que nuestras miradas se cruzaron, de mis labios surgió una sonrisa y él respondió con el mismo gesto, entonces Viento me llamó y extendió la mano, yo acudí corriendo en busca del calor que desprendía, y de la misma forma que llegamos nos marchamos. En el camino de vuelta le pregunté por quienes eran esas dos personas.
-“El hombre es el guardián del oeste, y el niño, si todo va bien, será el guardián del este”-. Tras decir eso me miró con ojos tiernos. Lo que decía no podía ser cierto, yo era la destinada al ser la guardiana del este.
-“Si el será el guardián del este ¿yo qué seré?”-. Le pregunté temblorosa por miedo a mi destierro.
-“Tú serás su mujer, vosotros estáis destinados a cuidar del este del Reino de la Niebla, y a partir de ahora has de mantener un contacto con él para que os vayáis conociendo, lo entiendes ¿verdad?”-. Afirme con mi cabeza aunque realmente no entendí nada hasta pasados algunos años, y cuando lo entendí todo se precipitó. Primero el sur desapareció, después el norte, y los guardianes que quedaron fueron asesinados…tú y yo tuvimos que tomar decisiones que no nos correspondían, y optamos porque tú vigilaras el oeste y yo el este. Y nuestra historia quedó olvidada, porque antes que nada somos guardianes.
Sé que no sirve de consuelo, pero cada noche recuerdo a aquel niño que me sonrió e imaginó como sería besarlo, como sería besarte…pero son sólo pensamientos, quién sabe, quizás algún día. Ahora no es tiempo de amores, sino de supervivencia, te deseo toda la suerte en tu viaje y espero que te acuerdes de mi y que traigas buenas nuevas… Mientras espero que tengas tiempo y me puedas escribir alguna historia sobre la nieve.
Desde la soledad del este, Dafne.
sábado, 14 de julio de 2007
Greyjoy a Dafne...
Mi añorada Dafne…
Es un placer escribir sobre la luna…pues es una vieja amiga mía. Juntos hemos pasado muchas noches, paseando entre la niebla, compartiendo penas y temores. Me ha acompañado en largos viajes por lejanas tierras. Apariencias distintas, pero siempre ella, en el despejado cielo de Atenas, sobre la Acrópolis, en las asfixiantes noches de la arenosa Marruecos, al otro lado del mar…
Ella sufre por tener a alguien lejos, como yo, aunque de eso quizás sea mejor no hablar. Los guardianes del norte y del sur no supieron callar y ese fue su fin.
Será mejor entonces que te cuente su historia. Es una historia triste, pero alguien me dijo una vez que solo las historias de amor con finales amargos merecían la pena. Nunca quise creerlo y, de todos modos, no me importará sacrificar todo cuanto tengo para que no sea así. Aunque me cueste quedar relegado para siempre al olvido de las montañas grises. Como al norte. Como al sur. Me he prometido que algún día pisaré tierras del este. Pero de nuevo estoy diciendo demasiado. Es de ella de quien tengo que hablar.
La Luna; o Selene, como se llamaba entonces, cuando era aún una joven doncella, alegre, enamoradiza, despreocupada de todo lo que no fueran los juegos junto al mar, los paseos por el bosque, entre los sauces, las risas por los corredores del palacio…Así fue hasta que lo vio por primera vez, y así fue hasta que alguien más poderoso que su padre, que el rey, que los dioses mismos se fijó en ella. Son muchos los nombres que se le han dado desde el principio de los tiempos. Por supuesto que nadie sabe cuál es el verdadero, pero de todos ellos a mí siempre me gustó Zeus.
Se encapricho de ella, como de tantas otras antes. Pero para Selene no existía más que Endimión, aquel joven pastor que descansaba junto al río aquellas calurosas tardes de verano. Se enamoró de él sin verlo. Lo hizo la primera vez que escuchó su voz, cantando las dulces melodías del lejano país donde fue hecho prisionero y puesto al servicio del rey. Se acercó, con el corazón desbocado, y, escondida entre los árboles, lo vio. No podría decir cuanto tiempo estuvo allí, mirándolo, hechizada por esa voz, por las notas que salían de su flauta de pastor. Él se levantó, dejó caer sus ropas y, lentamente, se metió en el río. Selene era incapaz de moverse. Jamás hubiera imaginado hacer algo así, siempre reprendía a las servidoras cuando, entre risas, contaban cosas parecidas. Pero aquello diferente, se decía. Las sensaciones se agolpaban sin que pudiera definirlas, sólo sabía que aquello la quemaba por dentro, que agitaba su respiración y aceleraba aún más los latidos de su corazón. Volvió al día siguiente, y aún siguiente. Volvió una y otra vez, ocultándose siempre de aquellos profundos y melancólicos ojos verdes.
Pero tú sabes bien, Dafne, lo peligroso que es despertar la curiosidad de un dios. Zeus la tentó de todas las maneras posibles: le ofreció regalos, perfumes, joyas, se presentó bajo mil formas distintas, seductoras, amenazantes, poderosas. Pero Selene lo rechazó siempre, inocente, sin saber quién era aquel a cuyos deseos se oponía…Y como no podía ser de otro modo, la venganza llegó. Y fue cruel, cruel como sólo la torcida imaginación de Zeus podía imaginarla. Bajo la apariencia de Endimión, se introdujo una noche en los aposentos de Selene y le confesó su amor. Las largas esperas cada tarde, esperando, deseando que saliera de su refugio y se atreviera a hablarle. Las dulces palabras, los suspiros, las manos entrelazadas se convirtieron, poco a poco, en miradas ardientes, tímidos besos, caricias cada vez más atrevidas…y así, amparado en la oscuridad, Zeus hizo suya a Selene. Cuando la muchacha despertó, él ya no estaba. Durante todo el día esperó nerviosa la hora de dirigirse a la orilla del río y reunirse con su amor. Pobre Selene. Pobre Endimión también. Porque él también la amaba. No mintió Zeus cuando le dijo a la joven que el pastor sabía que ella le espiaba entre los árboles. Él también lo hacía, sin que ella lo supiera, aprovechando la mínima oportunidad de verla, en las terrazas del palacio, entre la multitud durante los sacrificios. Por eso, cuando la tarde siguiente, una ninfa en todo semejante a Selene lo despertó de su letargo para confesarle su amor y unirse a él bajo la sombra del sauce, no sospechó nada. Tan sólo se creía el hombre más feliz del mundo. Tendido en la hierba, con los ojos cerrados, sintiendo sobre su cuerpo el dulce peso de la que él creía su amada, el roce de su delicada piel, la calidez de sus muslos alrededor suyo, no vio acercarse a Selene. La ninfa sí, y volviendo por un instante a su verdadera forma, y girando la cabeza, sonrió maliciosamente a la muchacha que, estupefacta, no podía hacer más que mirar a aquella mujer, moviéndose lascivamente sobre el cuerpo de Endimión, humedeciéndose los labios con la lengua y acariciando sus pechos mientras se mordía el labio inferior.
Cuando por fin reaccionó, echó a correr y no paró hasta llegar más allá del palacio, donde la tierra acababa en un promontorio rocoso que se adentraba orgulloso en el mar. Con lágrimas en los ojos, Selene se detuvo en el borde. Allí estuvo un rato, como hipnotizada por el fragor de las olas que chocaban contra las rocas y las nubes de espuma que se levantaban con cada golpe. Entonces escuchó la voz de Endimión que la llamaba. El joven se acercaba a ella, correteando, ignorante de la trampa que se les había tendido, pensando tan sólo que la joven se había dirigido allí, vergonzosa como la chiquilla que aún era. Por eso no comprendió la expresión de dolor y desesperación en la cara de Selene, y cuando la joven se arrojó hacia los peñascos, pensó que soñaba. Sólo al ver su cuerpo arrastrado con furia por el agua se dio cuenta de que aquello realmente había sucedido. Entonces, para su asombro, oyó a Selene a su espalda, hablándole, y la caricia de sus dedos sobre su hombro. Pero a quien encontró al volverse fue a la Ninfa, ahora en su forma verdadera, que se burlaba de él imitando su voz y se alejó con una risa chillona y malvada.
Destrozado, Endimión volvió junto al río, recogió sus escasas pertenencias y se marchó de aquellas tierras para siempre, vagando por los caminos, lejos de las ciudades y los hombres…
Dicen, Dafne, que los demás dioses se apiadaron de los desgraciados jóvenes y tras contarle la artimaña de Zeus, convirtieron a Selene en la Luna para que pudiera, al menos, contemplar cada noche a su amado Endimión y, en ocasiones, bajar hasta él. Es entonces cuando la Luna abandona el cielo, lo que nosotros conocemos como Luna nueva.
Es el momento de despedirse. Marcho hacia el este, pero más allá de tus dominios, con la esperanza de encontrar la respuesta a mis preguntas y la forma de salvar de la destrucción el reino de la niebla…Ojalá mi búsqueda me lleve a ti, aunque temo haber sido demasiado imprudente esta noche dejando salir los pensamientos de mis labios. El norte y el sur…el norte y el sur…no puedo olvidarlo, bajar la guardia. Aquí está tu reto: la ciudad de noche.
Esperaré tus nuevas…
Greyjoy, el melancólico
martes, 10 de julio de 2007
Carta a Greyjoy de Dafne
Tu querida Dafne...