Mi añorada Dafne…
Es un placer escribir sobre la luna…pues es una vieja amiga mía. Juntos hemos pasado muchas noches, paseando entre la niebla, compartiendo penas y temores. Me ha acompañado en largos viajes por lejanas tierras. Apariencias distintas, pero siempre ella, en el despejado cielo de Atenas, sobre la Acrópolis, en las asfixiantes noches de la arenosa Marruecos, al otro lado del mar…
Ella sufre por tener a alguien lejos, como yo, aunque de eso quizás sea mejor no hablar. Los guardianes del norte y del sur no supieron callar y ese fue su fin.
Será mejor entonces que te cuente su historia. Es una historia triste, pero alguien me dijo una vez que solo las historias de amor con finales amargos merecían la pena. Nunca quise creerlo y, de todos modos, no me importará sacrificar todo cuanto tengo para que no sea así. Aunque me cueste quedar relegado para siempre al olvido de las montañas grises. Como al norte. Como al sur. Me he prometido que algún día pisaré tierras del este. Pero de nuevo estoy diciendo demasiado. Es de ella de quien tengo que hablar.
La Luna; o Selene, como se llamaba entonces, cuando era aún una joven doncella, alegre, enamoradiza, despreocupada de todo lo que no fueran los juegos junto al mar, los paseos por el bosque, entre los sauces, las risas por los corredores del palacio…Así fue hasta que lo vio por primera vez, y así fue hasta que alguien más poderoso que su padre, que el rey, que los dioses mismos se fijó en ella. Son muchos los nombres que se le han dado desde el principio de los tiempos. Por supuesto que nadie sabe cuál es el verdadero, pero de todos ellos a mí siempre me gustó Zeus.
Se encapricho de ella, como de tantas otras antes. Pero para Selene no existía más que Endimión, aquel joven pastor que descansaba junto al río aquellas calurosas tardes de verano. Se enamoró de él sin verlo. Lo hizo la primera vez que escuchó su voz, cantando las dulces melodías del lejano país donde fue hecho prisionero y puesto al servicio del rey. Se acercó, con el corazón desbocado, y, escondida entre los árboles, lo vio. No podría decir cuanto tiempo estuvo allí, mirándolo, hechizada por esa voz, por las notas que salían de su flauta de pastor. Él se levantó, dejó caer sus ropas y, lentamente, se metió en el río. Selene era incapaz de moverse. Jamás hubiera imaginado hacer algo así, siempre reprendía a las servidoras cuando, entre risas, contaban cosas parecidas. Pero aquello diferente, se decía. Las sensaciones se agolpaban sin que pudiera definirlas, sólo sabía que aquello la quemaba por dentro, que agitaba su respiración y aceleraba aún más los latidos de su corazón. Volvió al día siguiente, y aún siguiente. Volvió una y otra vez, ocultándose siempre de aquellos profundos y melancólicos ojos verdes.
Pero tú sabes bien, Dafne, lo peligroso que es despertar la curiosidad de un dios. Zeus la tentó de todas las maneras posibles: le ofreció regalos, perfumes, joyas, se presentó bajo mil formas distintas, seductoras, amenazantes, poderosas. Pero Selene lo rechazó siempre, inocente, sin saber quién era aquel a cuyos deseos se oponía…Y como no podía ser de otro modo, la venganza llegó. Y fue cruel, cruel como sólo la torcida imaginación de Zeus podía imaginarla. Bajo la apariencia de Endimión, se introdujo una noche en los aposentos de Selene y le confesó su amor. Las largas esperas cada tarde, esperando, deseando que saliera de su refugio y se atreviera a hablarle. Las dulces palabras, los suspiros, las manos entrelazadas se convirtieron, poco a poco, en miradas ardientes, tímidos besos, caricias cada vez más atrevidas…y así, amparado en la oscuridad, Zeus hizo suya a Selene. Cuando la muchacha despertó, él ya no estaba. Durante todo el día esperó nerviosa la hora de dirigirse a la orilla del río y reunirse con su amor. Pobre Selene. Pobre Endimión también. Porque él también la amaba. No mintió Zeus cuando le dijo a la joven que el pastor sabía que ella le espiaba entre los árboles. Él también lo hacía, sin que ella lo supiera, aprovechando la mínima oportunidad de verla, en las terrazas del palacio, entre la multitud durante los sacrificios. Por eso, cuando la tarde siguiente, una ninfa en todo semejante a Selene lo despertó de su letargo para confesarle su amor y unirse a él bajo la sombra del sauce, no sospechó nada. Tan sólo se creía el hombre más feliz del mundo. Tendido en la hierba, con los ojos cerrados, sintiendo sobre su cuerpo el dulce peso de la que él creía su amada, el roce de su delicada piel, la calidez de sus muslos alrededor suyo, no vio acercarse a Selene. La ninfa sí, y volviendo por un instante a su verdadera forma, y girando la cabeza, sonrió maliciosamente a la muchacha que, estupefacta, no podía hacer más que mirar a aquella mujer, moviéndose lascivamente sobre el cuerpo de Endimión, humedeciéndose los labios con la lengua y acariciando sus pechos mientras se mordía el labio inferior.
Cuando por fin reaccionó, echó a correr y no paró hasta llegar más allá del palacio, donde la tierra acababa en un promontorio rocoso que se adentraba orgulloso en el mar. Con lágrimas en los ojos, Selene se detuvo en el borde. Allí estuvo un rato, como hipnotizada por el fragor de las olas que chocaban contra las rocas y las nubes de espuma que se levantaban con cada golpe. Entonces escuchó la voz de Endimión que la llamaba. El joven se acercaba a ella, correteando, ignorante de la trampa que se les había tendido, pensando tan sólo que la joven se había dirigido allí, vergonzosa como la chiquilla que aún era. Por eso no comprendió la expresión de dolor y desesperación en la cara de Selene, y cuando la joven se arrojó hacia los peñascos, pensó que soñaba. Sólo al ver su cuerpo arrastrado con furia por el agua se dio cuenta de que aquello realmente había sucedido. Entonces, para su asombro, oyó a Selene a su espalda, hablándole, y la caricia de sus dedos sobre su hombro. Pero a quien encontró al volverse fue a la Ninfa, ahora en su forma verdadera, que se burlaba de él imitando su voz y se alejó con una risa chillona y malvada.
Destrozado, Endimión volvió junto al río, recogió sus escasas pertenencias y se marchó de aquellas tierras para siempre, vagando por los caminos, lejos de las ciudades y los hombres…
Dicen, Dafne, que los demás dioses se apiadaron de los desgraciados jóvenes y tras contarle la artimaña de Zeus, convirtieron a Selene en la Luna para que pudiera, al menos, contemplar cada noche a su amado Endimión y, en ocasiones, bajar hasta él. Es entonces cuando la Luna abandona el cielo, lo que nosotros conocemos como Luna nueva.
Es el momento de despedirse. Marcho hacia el este, pero más allá de tus dominios, con la esperanza de encontrar la respuesta a mis preguntas y la forma de salvar de la destrucción el reino de la niebla…Ojalá mi búsqueda me lleve a ti, aunque temo haber sido demasiado imprudente esta noche dejando salir los pensamientos de mis labios. El norte y el sur…el norte y el sur…no puedo olvidarlo, bajar la guardia. Aquí está tu reto: la ciudad de noche.
Esperaré tus nuevas…
Greyjoy, el melancólico
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